domingo, 26 de abril de 2015

Plan de trabajo Literatura



Miércoles, 29 abril  Tema 1 y 12

Jueves, 30 abril  Valoración XVIII-XIX: El sí de las niñas- Doña Perfecta

Viernes, 1 mayo  Tema 2 y 11

Sábado, 2 mayo Valoración XX anterior 1939   Los intereses creados

Domingo, 3 mayo  Tema 3 y 10

Martes, 5 mayo  Tema 4 y 9

Miércoles, 6 mayo  Valoración XX posterior 1939   Nada

Jueves, 7 mayo  Tema 5 y 8

Viernes, 8 mayo  Valoración Hispanoamericana desde 1940   Pedro Páramo

Sábado, 9 mayo Tema 6 y 7

10,11,12,13 mayo: REPASAR,REPASAR, REPASAR...

sábado, 11 de abril de 2015

Novela desde 1975 Esquema



Novela desde 1975 a la actualidad


1.     Contexto

2.     Rasgos significativos
a)    Carácter aglutinador
b)   Carácter individual

3.     Convivencia
-Generación del 36
- Generación del 50
-Años 70    
 HITO: 1975   La verdad sobre el caso Savolta
                  - Autores conocidos tras el franquismo


4.     Tendencias temáticas
-Intriga
-Histórica
-Reflexión íntima
- Memoria y testimonio
- Culturalista
-Metanovela
- Otras tendencias
-Línea experimental


       Dentro de este amplio panorama, tal vez los más sobresalientes por la coherencia de su trayectoria y por el reconocimiento de la crítica serían los ya citados Eduardo Mendoza, Antonio Muñoz Molina y Javier Marías. Este último de gran proyección internacional y con una de las obras más originales de los últimos tiempos ( Corazón tan Blanco, Mañana en la batalla piensa en mí...).

     Para terminar con esta nómina de autores citaremos otros nombres: : Álvaro Pombo, Almudena Grandes, Lourdes Ortíz, Javier Tomeo, Adelaida García Morales, Esther Tusquets, Belén Gopegui, Rafael Chirbes…


5.     Otros aspectos significativos


6.     Conclusión

      


miércoles, 8 de abril de 2015

Los más vendidos

     

 
   ¿Qué nos podemos encontrar en el mercado editorial actual? ¿Cuáles son los libros más leídos? Echamos un vistazo al panorama de los más vendidos.

El viaje de novios Javier Marías

  EL VIAJE DE NOVIOS 
 
Mi mujer se había sentido indispuesta y habíamos regresado apresuradamente a la habitación del hotel, donde ella se había acostado con escalofríos y un poco de náusea y un poco de fiebre. No quisimos llamar enseguida a un médico por ver si se le pasaba y porque estábamos en nuestro viaje de novios, y en ese viaje no se quiere la intromisión de un extraño, aunque sea para un reconocimiento. Debía de ser un ligero mareo, un cólico, cualquier cosa. Estábamos en Sevilla, en un hotel que quedaba resguardado del tráfico por una explanada que lo separaba de la calle.
 
   
Mientras mi mujer se dormía (pareció dormirse cuando la acosté y la arropé), decidí mantenerme en silencio, y la mejor manera de lograrlo y no verme tentado a hacer ruido o hablarle por aburrimiento era asomarme al balcón y ver pasar a la gente, a los sevillanos, cómo caminaban y cómo vestían, cómo hablaban, aunque, por la relativa distancia de la calle y el tráfico, no oía más que un murmullo. Miré sin ver, como mira quien llega a una fiesta en la que sabe que la única persona que le interesa no estará allí porque se quedó en casa con su marido. Esa persona única estaba conmigo, a mis espaldas, velada por su marido.Yo miraba hacia el exteriory pensaba en el interior, pero de pronto individualicé a una persona, y la individualicé porque a diferencia de las demás, que pasaban un momento y desaparecían, esa persona permanecía inmóvil en su sitio. Era una mujer de unos treinta años de lejos, vestida con una blusa azul sin apenas mangas y una falda blanca y zapatos de tacón también blancos. Estaba esperando, su actitud era de espera inequívoca, porque de vez en cuando daba dos o tres pasos a derecha o izquierda, y en el último pasa arrastraba un poco el tacón afilado de un pie o del otro, un gesto de contenida impaciencia. Colgado del brazo llevaba un gran bolso, como los que en mi infancia llevaban las madres, mi madre, un gran bolso negro colgado del brazo anticuadamente, no echado al hombro como se llevan ahora. Tenía unas piernas robustas, que se clavaban sólidamente en el suelo cada vez que volvían a detenerse en el punto elegido para su espera tras el mínimo desplazamiento de dos o tres pasos y el tacón arrastrado del último paso. Eran tan robustas que anulaban o asimilaban esos tacones, eran ellas las que se hincaban sobre el pavimento, como navaja en madera mojada. A veces flexionaba una para mirarse detrás y alisarse la falda, como si temiera algún pliegue que le afeara el culo, o quizá se ajustaba las bragas rebeldes a través de la tela que las cubría.